viernes, 1 de febrero de 2013

Algún día este dolor te será útil - Peter Cameron


Título: Algún día este dolor te será útil
Autor: Peter Cameron
Año: 2007

Edición: Libros del asteroide
Pág.: 248




 "Bla, bla, bla, no puedes huir siempre de lo que no te gusta. No es así cómo funciona la vida"
(pág.143)





Autor: Peter Cameron nació en Pompton Plains, Nueva Jersey, en 1959 y se graduó en el Hamilton College de Nueva York en Literatura Inglesa. Ha trabajado en el mundo editorial y ha sido profesor en varias universidades norteamericanas, como Columbia, Sarah Lawrence o Yale. Antes de publicar su primer libro, una colección de relatos titulada De un modo u otro (1986), había publicado varios cuentos en The New Yorker. Desde entonces ha publicado siete libros que le han consolidado como un escritor de fama internacional, entre ellos destacan las novelas: Año bisiesto (1990), Un fin de semana (1995), Andorra (1997), La ciudad de tu destino final (2002), Algún día este dolor te será útil (2007) y Coral Glynn (2012).

Sinopsis: James Sveck, el narrador de esta novela, es un adolescente inteligente y precoz, ha terminado el colegio y durante el verano trabaja en la galería de arte que su madre tiene en Manhattan y en la que casi nunca entra a nadie. Pese a haber sido admitido en la prestigiosa Universidad e Brown no está seguro de querer ir; lo que de verdad le gustaría es comprarse una casa en el campo y pasarse el día leyendo, sin ser molestado; detesta relacionarse con gente de su edad, a la que evita y con la que piensa que no tiene nada en común.

La narración de James nos ofrece una sarcástica y divertida mirada sobre su confusa vida, sobre cómo su desestructurada familia y su psiquiatra tratan en vano de ayudarle, o sobre cómo intenta, torpemente, aclararse y salir de su aislamiento. Considerada por la crítica estadounidense como una de las mejores novelas que se han publicado en los últimos años sobre Nueva York, Algún día este dolor te será útil es una aguda y emotiva novela sobre un joven capaz de cuestionarse a sí mismo, a su familia y al tiempo que le ha tocado vivir.

Comentario personal:  ¿Novela sobre el 11-s? No, lo siento, pero no. ¿Novela sobre Nueva York?, sí, es muy neoyorkina. De ese Nueva York intelectual, a lo Woody Allen, con museos, galerias de arte y referencias culturales. Con toques divertidos, es un libro entretenido, del verano de un adolescente que busca su camino en la vida. Para ser el nuevo Holden Caulfield le falta rebeldía (la familia dentro de lo que cabe es de lo más permisiva) y profundidad psicológica. No se entiende de dónde surge el dolor que sufre James o es que no lo explica bien Peter Cameron. Para mi es una novela entretenida sin más. Y para los que adoramos Nueva York, cualquier referencia a la ciudad hace que la narración suba enteros.Lectura agradable, para pasar un buen rato. (* * *)

lunes, 28 de enero de 2013

EMM 5 - En Mi Mesa Octubre 2012


Con un poco de retraso, ha llegado a mi mesa "el acontecimiento literario del año": "Libertad" de Jonathan Franzen. He oído opiniones de todo tipo, por lo que, por el momento, me parece que reposará un tiempo en la estantería. Dos libros que no creo que tarde en leer son "El gran Gatsby" de F. Scott Fitzgerald y "Lugares que no quiero compartir con nadie" de Elvira Lindo.


Las novedades de octubre se completan con "Headhunters" de Jo Nesbø, que no pude resistirme comprar después de ver dos veces su adaptación cinematográfica, y "Suttree" de Cormac McCarthy, que varios del café literario ya han leído. Los comentarios y valoraciones que hicieron de él me animaron a incorporarlo a mi mesa de lecturas pendientes, aunque sin fecha concreta de lectura.

miércoles, 23 de enero de 2013

Viajar - Herman Melville


Título: Viajar
Autor: Herman Melville
Año: 1858-60

Edición: Gadir - Ítacas Pequeña Biblioteca
Pág.:96



 "Descubrir horizontes, explorar nuevas ideas, romper con viejos perjuicios, abrir el corazón y el espíritu: tales son los verdaderos frutos de un viaje correctamente realizado."
(pág.18)





Autor: Herman Melville (1819-1891) es uno de los más importantes escritores de la literatura estadounidense. Trabajó primeramente como marino, luego fue profesor, y viajó en 1841, durante un año y medio por los mares del sur en un barco ballenero, hasta que desembarcó en las islas Marquesas donde vivió un mes entre los caníbales. Cuando escapó, fue a Tahití, luego a Honolulú (Hawai). Desde 1844 dejó de navegar y se dedicó a escribir novelas relatando sus experiencias en los barcos marinos. En 1850 se radicó en Massachusetts, en una granja cerca de Pittsfield, allí cultivó una íntima amistad con Nathaniel Hawthorne, escritor que influenció a Melville. A él dedicó su obra maestra, Moby Dick o la ballena blanca (1851).

Sinopsis: Herman Melville, uno de los autores más venerados de la literatura americana y universal, no tuvo en vida el reconocimiento que mereció. Entre las variadas actividades que ejerció –además de marinero, fue profesor, granjero, e inspector de aduanas en Nueva York– se encuentra la de conferenciante, faceta poco conocida en su historial literario, y que nos dejó los tres deliciosos textos que reúne este volumen, cuyo hilo conductor es el viaje: Viajar, Los Mares del Sur y Estatuas de Roma.

Viajar (1859), el primero de ellos, es una pequeña e inestimable introducción al viaje, que nos habla de sus grandezas y servidumbres, de la filosofía con que debe acometerse. En Los Mares del Sur (1858), el viajero impenitente que recorrió el Pacífico y profundizó en él como pocos, hace un canto a esa inmensa extensión de aguas apenas poblada y tan llena de historia; rinde tributo a los pioneros españoles que lo descubrieron y colonizaron, y nos habla de su propia historia como navegante, experiencia que dio lugar a obras inolvidables. Melville, gran amante de Italia, reflejó en Estatuas de Roma (1857), una faceta menos conocida pero no poco importante en su obra: su admiración por la civilización de Roma, por su cultura y su arte, al que homenajea aquí magistralmente con un personal recorrido por las estatuas de la ciudad eterna y las villas que la rodean.

Comentario personal: estos pequeños libros de la editorial Gadir, son perfectos para descubrir textos desconocidos de grandes escritores. En este caso, conferencias que pronunciaba Melville para ganarse la vida. Seguramente Melville le ponía más pasión de la que transmite el texto, pero suele ocurrir al poner sobre papel una conferencia, foro o debate. Me ha parecido sobre todo interesante e instructivo el texto que lleva por título "Los Mares del Sur". No tanto "Estatuas de Roma". (* * *)

sábado, 19 de enero de 2013

EMM 4 - En Mi Mesa Septiembre 2012


Con bastante retraso, publico las novedades que incorporé a mi biblioteca en Septiembre del año pasado. Si no aparezco muy a menudo por el blog, me planteo cambiar la periodicidad de publicación de mensual a trimestral.


Uno ya está leído y comentado (el de Murakami) y el otro no tiene fecha de lectura, aunque seguramente caiga para abril, coincidiendo con el estreno de la nueva temporada de la adaptación televisiva. Me da miedo que si entro en el universo de Martin, vaya enlazando uno detrás de otro todos los volumenes publicados.


"Les veus del Pamano" ha sido el éxito internacional más grande de Jaume Cabré, traducido a multitud de lenguas. Es un claro ejemplo de que, desde lo particular, se puede llegar a lo universal. Por otro lado Teju Cole es toda una incognita: con grandes críticas, y con Nueva York como telón de fondo, compré este libro a raiz de una conferencia de Cole en el CCCB de Barcelona.


De "Mátalos suavemente" ya podéis leer la reseña, tanto del libro como de la película en este mismo blog. Y De García Montero decir que este será el primer libro que lea de él. Aunque supongo que al tratarse de una recopilación de varios libros, iré leyendo cada libro por separado y espaciados en el tiempo.

lunes, 24 de diciembre de 2012

El cuento de navidad de Auggie Wren - Paul Auster

Le oí este cuento a Auggie Wren. Dado que Auggie no queda demasiado bien en él, por lo menos no todo lo bien que a él le habría gustado, me pidió que no utilizara su verdadero nombre. Aparte de eso, toda la historia de la cartera perdida, la anciana ciega y la comida de Navidad es exactamente como él me la contó.

Auggie y yo nos conocemos desde hace casi once años. Él trabaja detrás del mostrador de un estanco en la calle Court, en el centro de Brooklyn, y como es el único estanco que tiene los puritos holandeses que a mí me gusta fumar, entro allí bastante a menudo. Durante mucho tiempo apenas pensé en Auggie Wren. Era el extraño hombrecito que llevaba una sudadera azul con capucha y me vendía puros y revistas, el personaje pícaro y chistoso que siempre tenía algo gracioso que decir acerca del tiempo, de los Mets o de los políticos de Washington, y nada más.

Pero luego, un día, hace varios años, él estaba leyendo una revista en la tienda cuando casualmente tropezó con la reseña de un libro mío. Supo que era yo porque la reseña iba acompañada de una fotografía, y a partir de entonces las cosas cambiaron entre nosotros. Yo ya no era simplemente un cliente más para Auggie, me había convertido en una persona distinguida. A la mayoría de la gente le importan un comino los libros y los escritores, pero resultó que Auggie se consideraba un artista. Ahora que había descubierto el secreto de quién era yo, me adoptó como a un aliado, un confidente, un camarada. A decir verdad, a mí me resultaba bastante embarazoso. Luego, casi inevitablemente, llegó el momento en que me preguntó si estaría yo dispuesto a ver sus fotografías. Dado su entusiasmo y buena voluntad, no parecía que hubiera manera de rechazarle.

Dios sabe qué esperaba yo. Como mínimo, no era lo que Auggie me enseñó al día siguiente. En una pequeña trastienda sin ventanas abrió una caja de cartón y sacó doce álbumes de fotos negros e idénticos. Dijo que aquélla era la obra de su vida, y no tardaba más de cinco minutos al día en hacerla. Todas las mañanas durante los últimos doce años se había detenido en la esquina de la Avenida Atlantic y la calle Clinton exactamente a las siete y había hecho una sola fotografía en color de exactamente la misma vista. El proyecto ascendía ya a más de cuatro mil fotografías. Cada álbum representaba un año diferente y todas las fotografías estaban dispuestas en secuencia, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre, con las fechas cuidadosamente anotadas debajo de cada una.

Mientras hojeaba los álbumes y empezaba a estudiar la obra de Auggie, no sabía qué pensar. Mi primera impresión fue que se trataba de la cosa más extraña y desconcertante que había visto nunca. Todas las fotografías eran iguales. Todo el proyecto era un curioso ataque de repetición que te dejaba aturdido, la misma calle y los mismos edificios una y otra vez, un implacable delirio de imágenes redundantes. No se me ocurría qué podía decirle a Auggie; así que continué pasando las páginas, asintiendo con la cabeza con fingida apreciación. Auggie parecía sereno, mientras me miraba con una amplia sonrisa en la cara, pero cuando yo llevaba ya varios minutos observando las fotografías, de repente me interrumpió y me dijo:

—Vas demasiado deprisa. Nunca lo entenderás si no vas más despacio.

Tenía razón, por supuesto. Si no te tomas tiempo para mirar, nunca conseguirás ver nada. Cogí otro álbum y me obligué a ir más pausadamente. Presté más atención a los detalles, me fijé en los cambios en las condiciones meteorológicas, observé las variaciones en el ángulo de la luz a medida que avanzaban las estaciones. Finalmente pude detectar sutiles diferencias en el flujo del tráfico, prever el ritmo de los diferentes días (la actividad de las mañanas laborables, la relativa tranquilidad de los fines de semana, el contraste entre los sábados y los domingos). Y luego, poco a poco, empecé a reconocer las caras de la gente en segundo plano, los transeúntes camino de su trabajo, las mismas personas en el mismo lugar todas las mañanas, viviendo un instante de sus vidas en el objetivo de la cámara de Auggie.

Una vez que llegué a conocerles, empecé a estudiar sus posturas, la diferencia en su porte de una mañana a la siguiente, tratando de descubrir sus estados de ánimo por estos indicios superficiales, como si pudiera imaginar historias para ellos, como si pudiera penetrar en los invisibles dramas encerrados dentro de sus cuerpos. Cogí otro álbum. Ya no estaba aburrido ni desconcertado como al principio. Me di cuenta de que Auggie estaba fotografiando el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía plantándose en una minúscula esquina del mundo y deseando que fuera suya, montando guardia en el espacio que había elegido para sí. Mirándome mientras yo examinaba su trabajo, Auggie continuaba sonriendo con gusto. Luego, casi como si hubiera estado leyendo mis pensamientos, empezó a recitar un verso de Shakespeare.

—Mañana y mañana y mañana —murmuró entre dientes—, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos.

Comprendí entonces que sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Eso fue hace más de dos mil fotografías. Desde ese día Auggie y yo hemos comentado su obra muchas veces, pero hasta la semana pasada no me enteré de cómo había adquirido su cámara y empezado a hacer fotos. Ése era el tema de la historia que me contó, y todavía estoy esforzándome por entenderla.

A principios de esa misma semana me había llamado un hombre del New York Times y me había preguntado si querría escribir un cuento que aparecería en el periódico el día de Navidad. Mi primer impulso fue decir que no, pero el hombre era muy persuasivo y amable, y al final de la conversación le dije que lo intentaría. En cuanto colgué el teléfono, sin embargo, caí en un profundo pánico. ¿Qué sabía yo sobre la Navidad?, me pregunté. ¿Qué sabía yo de escribir cuentos por encargo?

Pasé los siguientes días desesperado; guerreando con los fantasmas de Dickens, O. Henry y otros maestros del espíritu de la Natividad. Las propias palabras “cuento de Navidad” tenían desagradables connotaciones para mí, en su evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza. Ni siquiera los mejores cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así. Sin embargo, ¿cómo podía nadie proponerse escribir un cuento de Navidad que no fuera sentimental? Era una contradicción en los términos, una imposibilidad, una paradoja. Sería como tratar de imaginar un caballo de carreras sin patas o un gorrión sin alas.

No conseguía nada. El jueves salí a dar un largo paseo, confiando en que el aire me despejaría la cabeza. Justo después del mediodía entré en el estanco para reponer mis existencias, y allí estaba Auggie, de pie detrás del mostrador, como siempre. Me preguntó cómo estaba. Sin proponérmelo realmente, me encontré descargando mis preocupaciones sobre él.

—¿Un cuento de Navidad? —dijo él cuando yo hube terminado. ¿Sólo es eso? Si me invitas a comer, amigo mío, te contaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca. Y te garantizo que hasta la última palabra es verdad.

Fuimos a Jack’s, un restaurante angosto y ruidoso que tiene buenos sándwiches de pastrami y fotografías de antiguos equipos de los Dodgers colgadas de las paredes. Encontramos una mesa al fondo, pedimos nuestro almuerzo y luego Auggie se lanzó a contarme su historia.

—Fue en el verano del setenta y dos —dijo. Una mañana entró un chico y empezó a robar cosas de la tienda. Tendría unos diecinueve o veinte años, y creo que no he visto en mi vida un ratero de tiendas más patético. Estaba de pie al lado del expositor de periódicos de la pared del fondo, metiéndose libros en los bolsillos del impermeable. Había mucha gente junto al mostrador en aquel momento, así que al principio no le vi. Pero cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, empecé a gritar. Echó a correr como una liebre, y cuando yo conseguí salir de detrás del mostrador, él ya iba como una exhalación por la avenida Atlantic. Le perseguí más o menos media manzana, y luego renuncié. Se le había caído algo, y como yo no tenía ganas de seguir corriendo me agaché para ver lo que era.

Resultó que era su cartera. No había nada de dinero, pero sí su carné de conducir junto con tres o cuatro fotografías. Supongo que podría haber llamado a la poli para que le arrestara. Tenía su nombre y dirección en el carné, pero me dio pena. No era más que un pobre desgraciado, y cuando miré las fotos que llevaba en la cartera, no fui capaz de enfadarme con él. Robert Goodwin. Así se llamaba. Recuerdo que en una de las fotos estaba de pie rodeando con el brazo a su madre o abuela. En otra estaba sentado a los nueve o diez años vestido con un uniforme de béisbol y con una gran sonrisa en la cara. No tuve valor. Me figuré que probablemente era drogadicto. Un pobre chaval de Brooklyn sin mucha suerte, y, además, ¿qué importaban un par de libros de bolsillo?

Así que me quedé con la cartera. De vez en cuando sentía el impulso de devolvérsela, pero lo posponía una y otra vez y nunca hacía nada al respecto. Luego llega la Navidad y yo me encuentro sin nada que hacer. Generalmente el jefe me invita a pasar el día en su casa, pero ese año él y su familia estaban en Florida visitando a unos parientes. Así que estoy sentado en mi piso esa mañana compadeciéndome un poco de mí mismo, y entonces veo la cartera de Robert Goodwin sobre un estante de la cocina. Pienso qué diablos, por qué no hacer algo bueno por una vez, así que me pongo el abrigo y salgo para devolver la cartera personalmente.

La dirección estaba en Boerum Hill, en las casas subvencionadas. Aquel día helaba, y recuerdo que me perdí varias veces tratando de encontrar el edificio. Allí todo parece igual, y recorres una y otra vez la misma calle pensando que estás en otro sitio. Finalmente encuentro el apartamento que busco y llamo al timbre. No pasa nada. Deduzco que no hay nadie, pero lo intento otra vez para asegurarme. Espero un poco más y, justo cuando estoy a punto de marcharme, oigo que alguien viene hacia la puerta arrastrando los pies. Una voz de vieja pregunta quién es, y yo contesto que estoy buscando a Robert Goodwin.

—¿Eres tú, Robert? —dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta.

Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega.

—Sabía que vendrías, Robert —dice—. Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad.

Y luego abre los brazos como si estuviera a punto de abrazarme.

Yo no tenía mucho tiempo para pensar, ¿comprendes? Tenía que decir algo deprisa y corriendo, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que las palabras salían de mi boca.

—Está bien, abuela Ethel —dije—. He vuelto para verte el día de Navidad.

No me preguntes por qué lo hice. No tengo ni idea. Puede que no quisiera decepcionarla o algo así, no lo sé. Simplemente salió así y de pronto, aquella anciana me abrazaba delante de la puerta y yo la abrazaba a ella.

No llegué a decirle que era su nieto. No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que parecía. Sin embargo, no estaba intentando engañarla. Era como un juego que los dos habíamos decidido jugar, sin tener que discutir las reglas. Quiero decir que aquella mujer sabía que yo no era su nieto Robert. Estaba vieja y chocha, pero no tanto como para no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto. Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me alegré de seguirle la corriente.

Así que entramos en el apartamento y pasamos el día juntos. Aquello era un verdadero basurero, podría añadir, pero ¿qué otra cosa se puede esperar de una ciega que se ocupa ella misma de la casa? Cada vez que me preguntaba cómo estaba yo le mentía. Le dije que había encontrado un buen trabajo en un estanco, le dije que estaba a punto de casarme, le conté cien cuentos chinos, y ella hizo como que se los creía todos.

—Eso es estupendo, Robert —decía, asintiendo con la cabeza y sonriendo. Siempre supe que las cosas te saldrían bien.

Al cabo de un rato, empecé a tener hambre. No parecía haber mucha comida en la casa, así que me fui a una tienda del barrio y llevé un montón de cosas. Un pollo precocinado, sopa de verduras, un recipiente de ensalada de patatas, pastel de chocolate, toda clase de cosas. Ethel tenía un par de botellas de vino guardadas en su dormitorio, así que entre los dos conseguimos preparar una comida de Navidad bastante decente. Recuerdo que los dos nos pusimos un poco alegres con el vino, y cuando terminamos de comer fuimos a sentarnos en el cuarto de estar, donde las butacas eran más cómodas. Yo tenía que hacer pis, así que me disculpé y fui al cuarto de baño que había en el pasillo. Fue entonces cuando las cosas dieron otro giro. Ya era bastante disparatado que hiciera el numerito de ser el nieto de Ethel, pero lo que hice luego fue una verdadera locura, y nunca me he perdonado por ello.
Entro en el cuarto de baño y, apiladas contra la pared al lado de la ducha, veo un montón de cámaras, seis o siete, de treinta y cinco milímetros, completamente nuevas, aún en sus cajas, mercancía de primera calidad. Deduzco que eso es obra del verdadero Robert, un sitio donde almacenar botín reciente. Yo no había hecho una foto en mi vida, y ciertamente nunca había robado nada, pero en cuanto veo esas cámaras en el cuarto de baño, decido que quiero una para mí. Así de sencillo. Y, sin pararme a pensarlo, me meto una de las cajas bajo el brazo y vuelvo al cuarto de estar.

No debí ausentarme más de unos minutos, pero en ese tiempo la abuela Ethel se había quedado dormida en su butaca. Demasiado Chianti, supongo. Entré en la cocina para fregar los platos y ella siguió durmiendo a pesar del ruido, roncando como un bebé. No parecía lógico molestarla, así que decidí marcharme. Ni siquiera podía escribirle una nota de despedida, puesto que era ciega y todo eso, así que simplemente me fui. Dejé la cartera de su nieto en la mesa, cogí la cámara otra vez y salí del apartamento. Y ése es el final de la historia.

—¿Volviste alguna vez? —le pregunté.

—Una sola —contestó. Unos tres o cuatro meses después. Me sentía tan mal por haber robado la cámara que ni siquiera la había usado aún. Finalmente tomé la decisión de devolverla, pero la abuela Ethel ya no estaba allí. No sé qué le había pasado, pero en el apartamento vivía otra persona y no sabía decirme dónde estaba ella.

—Probablemente había muerto.

—Sí, probablemente.

—Lo cual quiere decir que pasó su última Navidad contigo.

—Supongo que sí. Nunca se me había ocurrido pensarlo.

—Fue una buena obra, Auggie. Hiciste algo muy bonito por ella.

—Le mentí y luego le robé. No veo cómo puedes llamarle a eso una buena obra.

—La hiciste feliz. Y además la cámara era robada. No es como si la persona a quien se la quitaste fuese su verdadero propietario.

—Todo por el arte, ¿eh, Paul?

—Yo no diría eso. Pero por lo menos le has dado un buen uso a la cámara.

—Y ahora tienes un cuento de Navidad, ¿no?

—Sí —dije—. Supongo que sí.

Hice una pausa durante un momento, mirando a Auggie mientras una sonrisa malévola se extendía por su cara. Yo no podía estar seguro, pero la expresión de sus ojos en aquel momento era tan misteriosa, tan llena del resplandor de algún placer interior, que repentinamente se me ocurrió que se había inventado toda la historia. Estuve a punto de preguntarle si se había quedado conmigo, pero luego comprendí que nunca me lo diría. Me había embaucado, y eso era lo único que importaba. Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad.

—Eres un as, Auggie —dije—. Gracias por ayudarme.

—Siempre que quieras —contestó él, mirándome aún con aquella luz maníaca en los ojos. Después de todo, si no puedes compartir tus secretos con los amigos, ¿qué clase de amigo eres?

—Supongo que estoy en deuda contigo.

—No, no. Simplemente escríbela como yo te la he contado y no me deberás nada.

—Excepto el almuerzo.

—Eso es. Excepto el almuerzo.

Devolví la sonrisa de Auggie con otra mía y luego llamé al camarero y pedí la cuenta.

jueves, 18 de octubre de 2012

Baila, baila, baila - Haruki Murakami


Título: Baila, baila, baila
Autor: Haruki Murakami
Año: 1988

Edición: Tusquets - Andanzas
Pág.:464


 "No tenía nada que hacer. Nada que "debiera" o "quisiera" hacer. Me había desplazado ex profeso hasta el hotel Delfín para alejarme allí. Puesto que esa proposición fundamental que era el hotel Delfín había desaparecido, no sabía que hacer. Estaba atascado."
(pág.57)





Autor: Haruki Murakami (Kioto, 1949) estudió literatura en la Universidad de Waseda y regentó durante varios años un club de jazz. Es, en la actualidad, el autor japonés más prestigioso y reconocido en todo el mundo, merecedor de premios como el Noma, el Tanizaki, el Yomiuri, el Franz Kafka o el Jerusalem Prize. En España, ha recibido el Premio Arcebispo Juan de San Clemente, concedido por estudiantes gallegos, así como la Orden de las Artes y las Letras del Gobierno español y el Premi Internacional Catalunya 2011.

Sinopsis: En marzo de 1983, el joven protagonista de esta novela, redactor freelance todoterreno, después de pasar días sombríos, siente la necesidad de volver a ciertos escenarios de su vida para ajustar cuentas con el pasado. Viaja a Sapporo con la intención de alojarse en el Hotel Delfín, donde años atrás pasó una semana con una misteriosa mujer que, de manera inesperada, desapareció de su lado. A su llegada descubre que han derribado el hotel y que en su lugar se alza otro, moderno y lujoso, pero su estancia allí propicia la aparición de personajes envueltos en un aura de irrealidad: una guapa recepcionista que ha vivido experiencias inverosímiles, una adolescente dotada de una aguda sensibilidad, o un antiguo compañero de colegio, ahora actor de éxito, que lo meterá en graves aprietos. Asesinatos, viajes a Hawai, pasajes a otros mundos y fiestas se suceden al ritmo de la música que suena en la radio de su destartalado Subaru. Lo cierto es que, como afirma un enigmático personaje, todo está conectado. Porque sólo se regresa al Hotel Delfín para poder empezar de nuevo.

Comentario personal: he leído críticas que no dejan muy bien este "Baila, baila, baila", pero yo, después de leer "La caza del carnero salvaje", me sumergí por completo en el universo Murakami y en el de su alter ego sin nombre, y no puedo más que decir que he disfrutado los dos libros. Ese no hacer nada lleno de hacer cosas, conociendo a personajes cada cual más peculiar, me ha arrastrado también a mí. No es más que mi opinión, nada objetiva, nada cualificada. Sé que no es apto para todos los gustos, pero quién consiga entrar en ese mundo, lo disfrutará. No lo recomiendo como primer Murakami a nadie; incluso diría que ni para los "no forofos" del japonés. En otra ocasión encontraremos algo más universal, como el anterior libro comentado en este blog. Hasta la próxima y felices lecturas.(* * * *)

domingo, 14 de octubre de 2012

Bartleby el escribiente - Herman Melville



Título: Bartleby el escribiente
Autor: Herman Melville
Año: 1853

Edición: Alianza -Bolsillo Literatura
Pág.:112




 "- Preferiría no hacerlo - dijo, y dócilmente desapareció detrás de su biombo."
(pág.39)





Autor: Herman Melville (1819-1891) es uno de los más importantes escritores de la literatura estadounidense. Trabajó primeramente como marino, luego fue profesor, y viajó en 1841, durante un año y medio por los mares del sur en un barco ballenero, hasta que desembarcó en las islas Marquesas donde vivió un mes entre los caníbales. Cuando escapó, fue a Tahití, luego a Honolulú (Hawai). Desde 1844 dejó de navegar y se dedicó a escribir novelas relatando sus experiencias en los barcos marinos. En 1850 se radicó en Massachusetts, en una granja cerca de Pittsfield, allí cultivó una íntima amistad con Nathaniel Hawthorne, escritor que influenció a Melville. A él dedicó su obra maestra, Moby Dick o la ballena blanca (1851).

Sinopsis: Pocos personajes tan insólitos en la historia de la literatura como "Bartleby el escribiente" y también pocos relatos más sugerentes que aquel al que da nombre. Marcada por una lógica propia cuyas consecuencias lleva con obstinación hasta el final y que se encarna en una suerte de resistencia pasiva, la singularidad del protagonista es, por otra parte, irreductible.

Comentario: "Bartleby es más que un artificio o un ocio de la imaginación onírica; es, fundamentalmente, un libro triste y verdadero que nos muestra esa inutilidad esencial, que es una de las cotidianas ironías del universo" (Jorge Luís Borges en el prólogo del libro). Y después del maestro, los demás callamos y disfrutamos de una obra maestra de la literatura.(* * * * *)

jueves, 11 de octubre de 2012

Mátalos suavemente - George V. Higgins

Título: Mátalos suavemente
Autor: George V. Higgins
Año: 1974

Edición: Libros del Asteroide
Pág.: 232


 "-Necesitamos que salga de la ciudad cuanto antes.
- Bueno, tú lo invitaste a venir. Mándalo de regreso.
- No querrá irse. Necesita la pasta, está desesperado. Se ha quedado sin curro o algo así. Aunque se lo diga, no se irá.
- Hoy no puedo ponerme en contacto con él.
- No es eso. He pensado que lo trinquen."
(pág.202)



Autor: George V. Higgins nació en Brockton (Massachusetts) en 1939. Estudió en el Boston College y en la Universidad de Stanford. Después de unos primeros años dedicados al periodismo, se graduó en Derecho y ejerció como fiscal y abogado, carrera que compaginó con la de escritor y docente en la Universidad de Boston y el Boston College. Durante siete años trabajó para el gobierno en la lucha contra el crimen organizado en la zona de Boston, actividad de la que sacaría inspiración para muchas de sus novelas.
En 1970 publicó Los amigos de Eddie Coyle, que sería la primera de veintisiete novelas, y también la que le dio más fama y prestigio. En 1973 fue adaptada al cine por Peter Yates con Robert Mitchum en el papel de Eddie Coyle. Entre sus otras novelas destacan The Digger’s Game (1973), Mátalos suavemente (1974), The Rat on Fire (1981) y The Agent (1999).
Mátalos suavemente ha sido adaptada al cine recientemente por Andrew Dominik con Brad Pitt como protagonista. Es también autor de libros de cuentos y de ensayos sobre política, deporte y literatura. Murió en 1999.

Sinopsis:  Jackie Cogan, sicario de la mafia de Nueva Inglaterra, es el encargado de «resolver» el atraco a una partida de póquer clandestina. Cogan, un profesional despiadado con la eficacia de un hombre de negocios y un sagaz sentido para percibir las debilidades ajenas, no se detendrá hasta localizar a los culpables y reparar el honor de quienes le han contratado.
Diálogos vivísimos, un humor mordaz y una tensión constante sostienen el suspense de una trama que se desarrolla en los ambientes criminales del Boston de los setenta, en los que se cruzan atracadores de poca monta, asesinos a sueldo, mafiosos y abogados corruptos.
Mátalos suavemente, la tercera novela de George V. Higgins, autor de Los amigos de Eddie Coyle, se publicó en 1974 y su éxito inmediato le consolidó como renovador del género negro. Su singular capacidad para plasmar con realismo la vida criminal llevaría a la crítica a calificarlo como «el Balzac de los bajos fondos de Boston». Un relato crudo y magistral de la mafia y de los hombres que aseguran su poder.

Comentario personal: Higgins podría ser un excelente autor teatral ya que, al menos en este libro, se basa sobre todo en los diálogos, tanto para ir construyendo los personajes como para desarrollar la acción de los mismos. Con esa base, la adaptación cinematográfica estaba cantada. Creo haber leído en algún sitio que Tarantino se declaraba admirador de la prosa de Higgins y no me extraña, ya que es un mundo en el que los personajes de Tarantino encajarían a la perfección. Pero en este caso no ha sido Tarantino el que ha adaptado la obra de Higgins a la gran pantalla, sino que la ha llevado a cabo Andrew Dominik. Desde que supe de la película y el libro, no me pude resistir al doblete de leer el libro y ver la película. En este caso y como excepción que confirma la regla, si el libro no está mal, la película está mucho mejor. (* * *)

PELÍCULA

Título: Mátalos suavemente (Killing them softly)
Año / País / Min / Ver. : 2012 / Usa / 104' / Doblada
Director: Andrew Dominik
Reparto:  Brad Pitt, Scoot McNairy, Ben Mendelsohn, Richard Jenkins, James Gandolfini, Ray Liotta

Sinopsis: La mafia se siente amenazada cuando unos desconocidos asaltan a los asistentes a una partida de póker. Los capos acuden al investigador Jackie Cogan (Brad Pitt) para encontrar a los culpables, responsables de una serie de robos a casinos protegidos por los propios mafiosos. Sin embargo, la misión de Cogan se complica entre indecisos, estafadores de segunda, asesinos cansados... y la situación comienza a degenerar poco a poco. (FILMAFFINITY)

Comentario personal: Brad Pitt no es santo de mi devoción pero he de admitir que aquí realiza un buen papel. La materia prima es buena pero la recreación que hace el director Andrew Dominik del mundo del hampa del Boston de los 70 es para quitarse el sombrero. Sobretodo si tenemos en cuenta que ambienta la película en otra época de crisis, el otoño del 2008, en plena precampaña de las elecciones presidenciales de los USA, de las que saldría ganador Barack Obama. Es igual lo que diga la radio y las imágenes que aparezcan en el televisor, todo respira años 70: la música, las chupas de cuero, los coches de los protagonistas...Tres cosas que no hay que perderse: un par de escenas cinematográficamente muy potentes (Russell flipado y el asesinato desde el coche), todas las apariciones de James Gandolfini (se come a cualquiera que se ponga por delante) y el monólogo final de Brad Pitt en el bar. Mención aparte y extraordinaria merece una estupenda banda sonora con joyas como "the man comes around" de Johnny Cash que abre la película, "money (that's what I want)" de Barret Strong o "love letters" de Ketty Lester. Disfrutad de la película, os la recomiendo.(* * * *)


 

domingo, 7 de octubre de 2012

Nueva York, poetas y 'martinis' - Fernando Gamboa

Columna publicada en el suplemento Babelia del 06 de agosto de 2011

A pesar de haber estado ya en varias ocasiones, jamás he logrado tener familiaridad con Nueva York -ni con ningún otro lugar de Estados Unidos, dicho sea de paso, no sé por qué-, y tal vez por eso, cuando la evoco, sigue siendo para mí mucho más fuerte su extraordinaria imagen literaria y cinematográfica que la de mi experiencia directa. Esto ha sido siempre así, aunque después de mi última visita, hace algunas semanas, algo empezó a cambiar.

Permítanme que les cuente una historia.

Precisamente por no tener familiaridad con la ciudad -y pocos amigos-, lo que hice al llegar a Nueva York y tener algo de tiempo libre fue seguir las referencias literarias, y así llegué al hotel The Algonquin, leyendo a Dorothy Parker, quien escribió este bello poema: "Me gusta beber un martini, / dos como máximo. / Después del tercero estoy debajo de la mesa, /después del cuarto debajo de mi anfitrión". En uno de los bares del hotel, estilo art nouveau y con frescos que recuerdan la famosa "Mesa Redonda" de los años veinte, por la que pasaron personalidades como Herman Mankiewicz y Harpo Marx, y donde Harold Ross inventó The New Yorker, me tomé los dos martinis rituales, fiel al poema -cada uno costaba 19 dólares-, ¡y qué martinis!

Luego, envalentonado por los cócteles -que, según una de las hipótesis, fue inventado en el desaparecido hotel Knickerbocker de Nueva York por un barman italiano de estrafalario nombre, Martini di Arma di Taggia- me fui a darle gusto a otro de los placeres de la vida, que es mirar libros viejos, de segunda, y para eso el mejor lugar es la librería Strand. Antes de entrar, sobre el andén de Broadway, vi que habían dispuesto decenas de cajas de libros al precio de un dólar, sin duda los de menor valor, y mirando aquí y allá encontré un libro de poemas de Catulo traducidos al inglés, en realidad una edición bastante banal, Grove Press, 1956. Entonces recordé mis esforzados estudios de latín, cuando estudiaba Filología en Madrid, hace 25 años, y empecé a leer al azar, con la vaga idea de recordar alguno, cuando, de repente, entre dos páginas, apareció algo, una hoja doblada en cuatro, así que la abrí, sorprendido, y encontré un texto mecanografiado, era un poema, escrito tal vez con una vieja Remington -me pareció reconocer el tipo, que usé alguna vez-, un poema cuyo título era 'Para Ann', firmado a máquina por Marya Gregory, y de nuevo firmado a mano con el nombre Marya Zaturenska, y fechado en 1956.























(Foto: Manel)

El poema era una elegía a una amiga, Ann, probablemente para el día de su cumpleaños, y el hecho de que el poema se encontrara en el libro de Catulo -lo vi de inmediato- obedecía a que el traductor de los poemas era Horace Gregory, marido de Marya Zaturenska, lo que me llevó a concluir que esa misma noche de 1956 los Gregory, Marya y Horace, llevaron cada uno un regalo, él su libro de traducciones recién editado (1956) y ella una elegía, escrita a propósito para esa noche, y que Ann, en medio de sus amigos, debió recibir con alegría y sin duda leer, puede que en voz alta, para luego poner la hoja entre las páginas del libro de Catulo, el otro regalo de esa noche. Lo curioso es que debajo del poema mecanografiado hay una anotación escrita a mano que dice: "Los Gregorys, Marya y Horace, donde Ann y mis buenos amigos". Doblé la hoja, la volví a meter al libro, lo pagué (con su valioso tesoro) y me fui a mi hotel, eufórico, e investigando supe que Marya Zaturenska era una poetisa neoyorquina nacida en Ucrania, en 1902, emigrada a Nueva York a los 7 años, autora célebre en esos años, amiga y compañera de militancia de Dorothy Parker.

Y más tarde, bebiendo otros martinis en un extraño bar de Chelsea, servido por una joven mesera que, por increíble que suene, tenía frases de Kurt Vonnegut tatuadas en los brazos, en fin, más tarde, decía, no me pareció imposible que uno de los mencionados "buenos amigos" fuera la misma Dorothy Parker, y tampoco que la fiesta de cumpleaños se haya podido celebrar en el bar del hotel The Algonquin, donde había estado horas antes, una fiesta a la que llegué, si se me permite, con 55 años de retraso y sin haber sido invitado, gracias a un extraño hallazgo en un libro. Pero ¿quién es la misteriosa Ann del poema? Bueno, para saberlo habrá que escribir algo más largo.

Santiago Gamboa (Bogotá, 1965) es autor, entre otros libros, de Necrópolis (La Otra Orilla), El síndrome de Ulises y Los impostores (ambos en Seix Barral).

jueves, 4 de octubre de 2012

La caza del carnero salvaje - Haruki Murakami


Título: La caza del carnero salvaje
Autor: Haruki Murakami
Año: 1982

Edición: Anagrama - Compactos
Pág.: 329


 "El edificio de cinco plantas, daba la impresión de ser una gran caja de cerillas puesta estúpidamente de pie. Al acercarse, no parecía antiguo, pero sí lo bastante viejo para llamar la atención. Seguramente, ya era viejo cuando lo edificaron.
Así era el Hotel del Delfín"
(pág.176)



Autor: Haruki Murakami (Kioto, 1949) estudió literatura en la Universidad de Waseda y regentó durante varios años un club de jazz. Es, en la actualidad, el autor japonés más prestigioso y reconocido en todo el mundo, merecedor de premios como el Noma, el Tanizaki, el Yomiuri, el Franz Kafka o el Jerusalem Prize. En España, ha recibido el Premio Arcebispo Juan de San Clemente, concedido por estudiantes gallegos, así como la Orden de las Artes y las Letras del Gobierno español y el Premi Internacional Catalunya 2011.

Sinopsis:  Un desencantado treintañero, superviviente de su propia juventud, tiene con un socio más o menos alcohólico una pequeña agencia de publicidad y traducciones. En una de sus campañas publicitarias ha publicado una fotografía que lo pondrá en el punto de mira de un poderosísimo grupo industrial, verdadero imperio económico y también político. Y a partir de aquí, se verá lanzado a una ardua investigación, digna de las mejores novelas policíacas americanas: antes de un mes debe encontrar el lugar donde fue hecha la fotografía y el animal que aparece en ella. Si no lo hace le convertirán en un paria en su propia sociedad. El lector, junto con el protagonista, se internará en esta búsqueda del carnero mítico que, cuando es mirado por alguien a quien él elige, posee al espectador. Un carnero que –dice la leyenda– se apoderó de Gengis Khan y que tal vez no sea más que la encarnación del poder absoluto.

Comentario personal: de Tokio a Hokkaido persiguiendo a un carnero. Una búsqueda de un carnero al que se une la propia búsqueda vital de un treintañero, con ningún aliciente en su vida y al que solo esa búsqueda le sacará de una atonía que no le conduce a ningún lugar. Hotel Delfín, el rata, esa chica de ida y vuelta que le acompaña, el hombre carnero, el doctor ovino...el universo de Murakami no te dejará indiferente. Este libro sería una primera parte del estreno literario de este otoño de Murakami "baila, baila, baila", por lo que si quereís leer esta novedad de Tusquets, el carnero es de lectura recomendada. Y sí no, también. Disfrutarlo. (* * * *)